
Arrinconada, llora en un escalón, sola, perdida y sin esperanzas de ver un amanecer limpio en su triste vida.
Ve pasar a la gente delante de ella sin inmutarse por su oscura presencia. No sienten su dolor y ella no comparte sus penas ya que a nadie le van a importar. Siente los lamentos del mundo chocando con su ya atrofiada alma.
El mundo la ha ido marchitando, el mundo la está matando. Se pregunta a sí misma, como muchas otras veces ha hecho, si debería hecharse a llorar o seguir con esa fachada que la protege de la realidad y no derramar lágrimas. Escoge que el húmedo reflejo de su alma se deslice por sus mejillas.
Comienzan a derramarse con profusión asombrosa al recordar que está sola. Recuerda a los que están solos, recuerda a los que sufren.
Mientras su ánima se lamenta y retuerce atisba en su interior algo cálido, que la reconforta. El calor emerge desde lo más abismal de las esperanzas que le quedan y ve ante sus ojos una mano firme que se le antojó segura.
Su mano se alzó en el aire y lo que encontró fue, una vez más, dolor y perdición. La firmeza de la mano se desvaneció ante sus ojos con la misma rapidez que pasa el presente a ser pasado.
Y finalmente, como siempre, se percató de que nadie le tendería la mano, de que nadie sentiría su dolor, de que la persona que siempre espera nunca llegaría y que, después de todo ese tiempo ahí sentada derramando lágrimas, el cielo lloraba con ella y sus lágrimas de luna habían empapado ya sus cabellos.
Ve pasar a la gente delante de ella sin inmutarse por su oscura presencia. No sienten su dolor y ella no comparte sus penas ya que a nadie le van a importar. Siente los lamentos del mundo chocando con su ya atrofiada alma.
El mundo la ha ido marchitando, el mundo la está matando. Se pregunta a sí misma, como muchas otras veces ha hecho, si debería hecharse a llorar o seguir con esa fachada que la protege de la realidad y no derramar lágrimas. Escoge que el húmedo reflejo de su alma se deslice por sus mejillas.
Comienzan a derramarse con profusión asombrosa al recordar que está sola. Recuerda a los que están solos, recuerda a los que sufren.
Mientras su ánima se lamenta y retuerce atisba en su interior algo cálido, que la reconforta. El calor emerge desde lo más abismal de las esperanzas que le quedan y ve ante sus ojos una mano firme que se le antojó segura.
Su mano se alzó en el aire y lo que encontró fue, una vez más, dolor y perdición. La firmeza de la mano se desvaneció ante sus ojos con la misma rapidez que pasa el presente a ser pasado.
Y finalmente, como siempre, se percató de que nadie le tendería la mano, de que nadie sentiría su dolor, de que la persona que siempre espera nunca llegaría y que, después de todo ese tiempo ahí sentada derramando lágrimas, el cielo lloraba con ella y sus lágrimas de luna habían empapado ya sus cabellos.



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